lunes, 14 de abril de 2014
Para hablaros de esta carrera tengo que empezar por contar que hace unos meses decidimos inscribirnos en los 101 km de Ronda en la categoría de Marcha por Equipos. Y conseguimos plaza, lo que ya supone un éxito.
Pensando que necesitábamos hacer kilómetros juntos y conocernos en ruta, descubrimos esta carrera. Y nos apuntamos, claro. Fuimos cuatro de los integrantes del equipo. Creo que ninguno de nosotros sabía muy bien dónde se metía: 42.9 km por parajes naturales, 1600 metros de desnivel acumulado... En ningún lugar de toda la información que nos dieron ponía que iba a ser nuestra primera gran aventura juntos.
En cuanto a la organización, debo decir que fue PERFECTA: una charla técnica que más allá de lo ameno fue directamente divertida. Recepción y atención que más que cordial fue cariñosa, cena de la pasta... Y aquí llegamos a un punto importante: yo soy celíaca. En el momento en que lo comenté, la respuesta del jefe de cocina fue "¿qué quieres cenar que yo te lo preparo?". No creo que os hagáis una idea de la tranquilidad que te da eso, más aún cuando al día siguiente tienes una prueba y no quieres ni pensar en ponerte mala.
Sabíamos que íbamos a recorrer uno de los parajes más bonitos de Andalucía, pero no nos podíamos imaginar esas vistas, atravesar Antequera y pasar por monumentos emblemáticos para acabar saliendo al Parque Natural y atravesar campos de trigo verde, senderos, veredas y, al fin, descubrir que habíamos cruzado todas las fronteras de la realidad y estábamos corriendo por los paisajes de fantasía con lo que solemos soñar. Yo tuve que quitarme las gafas de sol y dejar que los colores, los auténticos colores del cielo, de las piedras y de las flores me quemaran los ojos, hirieran el fondo de mi memoria y se asentaran allí para siempre.
Corrimos en los llanos, los falsos llanos y las bajadas. Apretamos los dientes en las subidas. Todos nos acordamos de que a una de las pendientes la habían calificado de "desesperante". Y sí que lo era. Sin nada a lo que agarrarte, sin verle el final, hasta que te daban danas de arrastrarte, de agachar la cabeza y gatear. Pero.... Pero si la evolución se ha pasado cuatro millones de años empeñándose en conseguir que precisamente nosotros podamos levantar la cabeza y mirar al cielo, no iba a ser este el momento de venirse abajo.
Claro que sufrimos, aunque casi no lo recuerde ya. Pero cuando pienso en la carrera recuerdo el "Aquí hay que parar, eh" cuando encontramos un montón de ovejas con sus crías, y Ana y yo nos pusimos a corretear en zig zag con los brazos extendidos y cantando la canción de Heidi. Y recuerdo al chico lesionado que llevaba la rodilla vendada y que, sin embargo, no dudó en ayudarnos a nosotras cuando nos perdimos y no encontrábamos a nuestros chicos (lo mejor de los dorsales en los que está escrito el nombre es que, al saludarle en meta, pude fijarme en que se llama MANUEL PORRAS ARTACHO y ahora le puedo volver a dar las gracias desde aquí).
Para nosotros esto era, desde el principio, un entreno con dorsal para el 101, una prueba para ver si nos soportábamos los unos a los otros en los momentos de tensión que surgen en pruebas como esta, no fuera a ser que el 101 se convirtiera en Los Juegos del Hambre. Para mí, personalmente, era algo más. Era parte de una búsqueda, una etapa en un viaje durante el que en casi ninguna ocasión he tenido compañeros. Los resultados no pudieron ser mejores: fuimos una auténtica manada de lobos. Las palabras equipo, grupo, familia, tribu o clan se me quedan pequeñas. Nos mantuvimos unidos, juntos y atentos los unos a los otros durante 6 horas 51 minutos. Una pequeña vida que nos llevó a una meta, a un abrazo implosivo donde el polvo de los caminos, el sudor, las lágrimas, el reflex... crearon sobre nosotros una pátina de camaradería definitiva. Un nuevo punto de partida, una nueva oportunidad para hacer las cosas mejor. Superación.
Siempre he creído que hay cosas que unen a las personas para siempre, pase lo que pase a partir de entonces. Esta carrera es una de esas cosas. Echamos muchísimo de menos a nuestro quinto compañero, y estamos deseando probar otra vez el sabor del monte en una tirada larga, para compartirlo con él y hacerlo aún mejor.
Por mi parte, sólo puedo dar las gracias desde la parte más pura de mi corazón a Ana, Salva y Ángel por su cariño y por todo lo que no se puede decir con palabras.
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